Vives decisiones — de carrera, de pareja, de opinión — sin poder decir con claridad si son tuyas o si las tomaste por lo que otros esperaban.
Hablas en reuniones, en cenas familiares, en grupos de WhatsApp, y sistemáticamente no dices lo que realmente piensas. Después sientes que te traicionaste.
Defiendes una idea, sientes la presión sutil del grupo, y días más tarde te descubres defendiendo lo contrario. Sin saber si cambiaste de opinión o simplemente cediste.
En redes ves cómo una opinión se vuelve “mayoritaria” en segundos y cómo se cancela a quien disiente. Te autocensuras por no ser el próximo.
Ves avanzar a colegas menos capaces que tú porque “saben leer el ambiente”. Y no sabes qué es exactamente lo que ellos ven.
Sostuviste una postura impopular una vez y el aislamiento fue el castigo. Concluiste que eres “difícil”. En realidad experimentaste un mecanismo universal.